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22.30. Los chicos se fueron a la habitación. Ritual diario. Y de repente, cuando empecé a levantar los platos de la mesa, me tocó la puerta. No, Nina no. Nina hace rato que se mandó a mudar. En fin, no es ella pero explota igual. Casi igual. Me gustaría ponerle un nombre, pero me parece muy pronto. No tuve oportunidad de conocerla tanto como para hacerlo. 
La discusión previa le dio pie a esto. Una discusión estúpida como siempre. Gracias a Dios. Que él quiere tomar recaudos, y en contraposición, mis teorías conspirativas, que esto del virus es una pavada. Que salga al supermercado de vez en cuando, que le va a hacer bien. Que si yo voy y él no, es exactamente lo mismo. Pero no hubo caso, en algunas cosas nunca nos ponemos de acuerdo. 
Y al rato se termina, ninguno cambia de opinión. Nunca vamos a hacerlo. Como por arte de magia nos olvidamos y volvemos a reír. Esas risas deben ser justamente lo que mantiene a Nina lejos. Lo que impide que ella aparezca a tomar una de sus decisiones implacables. 
Me levanto a llenarme la copa de vino y mientras tanto pienso cómo fue que terminé acá contándoselos a ustedes. Listo, me acordé. El pequeño Beatle. Ese fue el origen. El pequeño Beatle se llamaba Diego. Me encantaba conversar con Diego, nos quedábamos hasta bien entradas las noches. Yo sabía que él gustaba de mí, y a mi me gustaba, me gustaba solamente conversar con él. Coincidíamos en todo. Años más tarde, en mi etapa política más oscura, decidí que ya no coincidíamos en nada y nunca más le dirigí la palabra. Él a mi tampoco. Y así puedo seguir hasta que salga el sol.
Aunque no fue hasta mis 26 años que entendí que mis ideas y mi forma de ver el mundo jamás hubieran encajado con alguien que escuchara siquiera un minuto de cumbia villera por placer, es mejor darse cuenta tarde que nunca.
Y, cómo olvidarnos del españolito en el que gasté $600 de mi tío que para el 2002 era una fortuna para que estuviera hablándome de cuánto le gustaba mi amiga. Tanto escombro para que en 2010, cuando tuve la oportunidad de sellar ese amor infantil con una cervecita en Plaza del Sol, haya decidido que al final no valía tanto la pena. 
De repente estoy peinándome el pelo mientras camino rápido por Av. Directorio, sabiendo que aquel vecino de Gesell iba a estar esperándome con un fernet, Sabina y las luces apagadas. Las conversaciones eran fabulosas. De verdad que lo eran eh. Pero pasar de eso siempre fue una frustración. Una frustración que la conversación no llegaba a compensar. La última vez que le hablé fue desde Liverpool. Le mandé un audio diciendo que estaba ahí, que él tenía que ir alguna vez, y después de eso lo olvidé para siempre.
Y les aseguro, desde lo más profundo de mi corazón, que por mucho que haya amado las eternas  noches de karaoke y videojuegos que llenaron de felicidad mi vida, y que me hicieron olvidar por tantos años que Nina existía y que siempre iba a querer volver a ese casi primer amor, no hubieran alcanzado hoy en día, no hubieran llenado ni el 10% de lo que necesito hoy para ser feliz. 
Una vez más la copa me llenó la copa y veo la hora. Quedan 12 minutos. Perfecto para un pucho más y empieza a sonar, de casualidad, "White Paper" y estoy en Chile. Es 2017. 
Me vine a Chile pero mi mente y mi corazón se quedaron en Buenos Aires, amarrada y aferrada por completo a un hombre a quien ni siquiera le había escuchado la voz, excepto por un "de nada" que me susurró después de que le agradeciera por haberme sostenido la puerta.
Vos no lo sabías en ese momento, no sabías que yo venía de una relación de casi siete años y que, sin embargo, te habías hecho las valijas y te habías venido a otro país conmigo, porque alguien que te anhela tanto, te lleva, y te lleva a donde sea que vaya.
Yo tomé recaudos con vos. Para mí eras un virus, más mortal que éste que corre hoy en día. "What´s the matter, Darling? You suddenly look gray, the arms of another is my idea of hell", y quizás haya que mirarlo de esa forma, mi amor. Hoy te pregunté: si te dicen que tenes que estar encerrado hasta el 31 de diciembre o enfermarte hoy y después nunca más, qué elegís? En agosto de 2017 estuve dos semanas con fiebre todos los días. Eso es 14 días. Antes de tomar la decisión más importante de mi vida, me enfermé como nunca antes me había enfermado. Hoy, casi tres años después, me doy cuenta que eso fue lo mejor que pudo haberme pasado. Que si no me hubiera parado a pensar la razón de estar viviendo ese infierno, que si no hubiera querido reconocer que mi lugar estaba al lado tuyo, nunca me hubiera recuperado. 
Es que siempre hay que tocar fondo para ver la luz. Lo firme e inmenso que acordamos en tantas cosas es directamente proporcional a lo feroz y combatiente que disentimos en tantas otras. Después todo es risa, nunca hay frustración. Me encantan las canciones que haces sonar y las palabras que salen de tu boca. Además, ¿no sería trágica esta cuarentena si diariamente no nos hiciéramos explotar? Explotar de ira, y después siempre explotar de amor. Y la paz, la paz de la 2, casi 3 am, cuando el principito duerme, y murmuramos en la oscuridad "Que sueñes con los angelitos, mi rey", "Que sueñes con los angelitos mi reina", "Te amo mi amor". Te amo mi amor. 

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